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El viejo Uslar
Cuando Arturo Uslar Braun (1940-1991) se refería a su padre lo llamaba cariñosamente “el viejo Uslar”, y en homenaje a su memoria es que me permito titular este artículo con sus palabras. Nuestro “viejo Uslar” cumplió 94 años dando la batalla, solitario, como esa voz en el desierto que ha sido desde que en octubre de 1945 fue aventado del poder y cambió para siempre su destino y el nuestro. Entonces, el “poder revolucionario”, además de afrentarlo le devolvía un tesoro que comenzaba a escurrírsele entre las manos: la literatura. Alguna vez lo dijo: si algo tenía que agradecerle a su archienemigo Betancourt era haberle devuelto los libros y el regalo de una condición personal inédita y propicia: el exilio.
Aunque su atildamiento confunda a los incautos, Uslar ha cultivado tormentosas y prolongadas pasiones. La primera de todas es Venezuela: esa obsesión que no lo ha dejado tranquilo nunca, que lo ha gobernado de manera despiadada. Pero esta pasión hubiera sido impensable si su objeto no hubiese tomado caminos tan distintos a los queridos por Uslar. De modo que es la pasión que se alimenta de la contrariedad, de la terquedad, de la conciencia que su enamorado ha tenido desde muy joven de que su objeto amoroso caminaba hacia el abismo. Cualquiera que revise su actuación pública encontrará el permanente llamado por enderezar el rumbo, y la no menos permanente sordera frente al señalamiento. Extraño amor: el enamorado señala y el sujeto de su amor no escucha.
Quizás por esto mismo es que el amor ha devenido en pasión: alguien clama, alguien no oye. Sin embargo, no puede decirse que Uslar no ha sido profeta en su tierra, de hecho, durante cuarenta años su palabra se erigió en una suerte de inusitada conciencia nacional: el país sabe que tiene razón, pero no sigue sus prédicas. Profeta que encarna la voz de la tribu, pero la tribu no sigue sus admoniciones. Un personaje dramático.
Después de esta, las otras pasiones han sido menores, pero no por ello inocuas. Todo lo contrario, de su vocación definitoria ha brotado un cuerpo ensayístico que discierne la naturaleza de Hispanoamérica con una penetración pocas veces hallada. Las preguntas que se ha hecho en lo personal las ha trasladado al ámbito colectivo: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos? Interrogantes que han sido piedra de base de una obra literaria tan importante como expresamente soslayada por alguno de los rostros del prejuicio: el político o el relativo a su condición patricia.
No obstante, superada la miopía que impone el juicio previo, la razón le atribuye, con fundamento, haber sido uno de los renovadores del cuento hispanoamericano y se le reconoce, también con razón, como uno de los más altos cultores de la novela que trabaja con el hecho histórico. De su voluntad polígrafa han nacido obras de teatro e incontables artículos periodísticos que en sus mejores momentos son modelos de precisión y síntesis. De su curiosidad humanística han florecido sabrosísimas crónicas de viaje por medio mundo y, last but not least, de quién sabe cuál recodo de su intimidad han surgido dos poemarios tan extraños como reveladores de su personalidad.
Del ejercicio oral de su erudición llegó hasta el televidente su versión de la historia y de la comedia humana, en aquellos programas con los que mi generación creció, Valores humanos, asistiendo todas las semanas al espectáculo fascinante de la elocuencia absoluta, en un intento por hacer pedagogía para las grandes audiencias. Sin pestañear, “el viejo Uslar”, movía sus grandes manos mientras el tono caraqueñísimo de su voz hacía del caos un orden y del orden una trama y de la trama una historia.
En Uslar halla cuerpo el espíritu del humanista del siglo XIX venezolano. Su vida y su obra continúan, en muchos sentidos, los esfuerzos de Fermín Toro y Cecilio Acosta, ambos de similar estirpe a la uslariana, en los que la acción pública no está reñida con la escritura. En el siglo XX lo acompaña Rómulo Gallegos en la asunción de obligaciones de Estado desde sus condiciones de hombres de letras, en ambos casos la experiencia no ha sido plena, pero ambos hicieron del servicio público algo alejado de la rapacería y la estulticia. Comparten, también, el hecho de ser los dos escritores venezolanos más leídos y estudiados fuera de su patria. Además, qué casualidad, los hermana la afrenta de ser sistemáticamente negados, bien sea desde el desconocimiento de sus obras o desde la mezquindad. Con las excepciones del caso, más que valoradas, sus obras han sido juzgadas.
En 1973 Jorge Luis Borges quiso hacer la presentación pública de Uslar en Buenos Aires, se le confería el premio Alberdi-Sarmiento, entonces dijo: “Presentar a Arturo Uslar Pietri es presentar a muchos hombres, porque nuestro huésped puede decir, como Walt Whitman, el escritor americano por antonomasia: Soy amplio y contengo multitudes.” Y nosotros, ahora, hacemos silencio.
Por: Rafael Arráiz Lucca
