
Filósofa y heredera de un linaje que cautiva, Carlota Casiraghi reescribe su propia narrativa. Un perfil íntimo sobre cómo convirtió la literatura, la moda y la independencia en parte de su libertad dentro del Principado de Mónaco
Los 40 llegan con firmeza, paz y armonía. El descubrimiento de uno mismo no es un camino al que solamente se le pueda decir “acepto” sin rendición. La rebeldía por no depender del escrutinio, valorar el núcleo de quién te hizo y aprender a redireccionar cada una de las exigencias como figura pública para convertirte en ese reflejo de mujer independiente, reservada y con una gran fortaleza intelectual es, en parte, lo que Carlota Casiraghi nos ofrece hoy, después de tantos años en los que sus pasos han sido examinados con lupa, desde su vida amorosa hasta el ver en ella la herencia de sus antepasados sin mirar el ser autónomo de quién es realmente Carlota. Sin embargo, como ella misma refiere en la presentación de su primer libro en solitario La Fêlure (La fisura) es posible tener presente a quienes no están y señala que en su ejercicio literario pudo: “Adquirir la certeza de que se podía convocar a los ausentes y hacerlos eternamente presentes".
Es por esto que quizás resulta atrevido contemplar que no es únicamente la nieta de Grace Kelly ni la heredera más fiel de la elegancia de Carolina de Mónaco. Es ella, en sí misma, una filósofa de la estética, una amazona que cabalga entre la haute Couture y la intelectualidad de una cultura que cada día busca su propio curso.
Aunque carece de un título nobiliario oficial, la aristócrata de la familia Grimaldi a través de las letras demuestra la fragilidad de la que nadie está exento. Hoy muestra cómo la escritura le permitió superar la trágica muerte de su padre Stefano Casiraghi, el amor de madre y también el amor convertido en deseo, algo que refleja muy bien en L'archipel des passions (2018), libro que escribió junto a su profesor Robert Maggiori y en el que desnudan las emociones intensamente como islas con una relación recíproca, dado que, como se explora en la obra:
“Una de las paradojas del amor es que solo hay un verbo para decirlo, y que todas las expresiones de la lengua que intentan traducirlo lo traicionan. ¡Ni siquiera se le puede agregar un adverbio! La cara del ser amado sería incierta si su amante le declarase “te amo claramente”, “te amo mucho”, “te amo demasiado”, “te amo moderadamente”, “en ciertos aspectos”. Por lo tanto, para saber lo que el amor no es, no parece insensato ir a buscar en ciertas expresiones comunes el (sin)sentido que la cultura ha depositado en ellas a lo largo de los siglos. Especialmente, porque la relación entre amor y lenguaje no es anodina”, un entramado que la propia Carlota describía así: "Parecía que todos nuestros estados de ánimo eran un conjunto de islas interdependientes que estaban conectadas por el poder magnético del deseo, que teje cadenas invisibles. Ese es el archipiélago...".
Su trayectoria, más que una remembranza melancólica de su linaje, la ha convertido en una arquitecta con rigor intelectual que le permitió liberar su profundo pensamiento desde la densidad de sus lecturas hasta el profundo análisis que revive la importancia de hacer caso al interior, a esa chispa que disturba y no es pasiva. Estudió Filosofía en la Université Paris I Panthéon-Sorbonne y fundó en 2009 la revista Ever Manifesto.
Impulsa cada año el festival de filosofía, Les Rencontres Philosophiques de Monaco, fundado en 2015 por ella y los escritores Robert Maggiori y Raphael Zagury-Orly, con la finalidad de hacer más accesible la filosofía al público en general. También es embajadora literaria de Chanel en Les Rendez-vous littéraires rue Cambon, donde suele recomendar lecturas como L’Été circulaire, de Marion Brunet; Intimidades, de Katie Kitamura; My Husband, de Maud Ventura; Amor, de Elizabeth von Arnim; Cocoon, de Zhang Yueran, e Indiana de George Sand.
La verdadera elegancia en Carlota Casiraghi no es un mandato de protocolo, sino un acto de insumisión. Entendió temprano que la ropa podía ser un manifiesto. Cuando cabalgó sobre la pasarela de Chanel en 2022, no estaba ejecutando una maniobra de marketing; estaba colando el peligro real y la pulsión salvaje en el templo del lujo europeo.
Esa misma fricción habita en su vínculo con la hípica de competición. En la pista de salto, los títulos nobiliarios se desvanecen frente a la exigencia absoluta de la gravedad, el vértigo y el pulso firme. Allí no hay filtros ni coronas: solo una mujer, un caballo y el riesgo latente del abismo. Para Carlota, la moda y el deporte ecuestre comparten una misma sintaxis secreta: son lenguajes de control, una forma de estar y escribir su propia historia. A los cuarenta, su estilo no busca la aprobación de la crítica; es la piel de una mujer segura, que transforma y revive la posibilidad de la reflexión.
En su vida personal, Carlota Casiraghi es madre de dos hijos. Raphaël Elmaleh, nacido en el 2013 de su relación con el actor marroquí Gad Elmaleh, un vínculo que llegó a su fin en 2015. Dos años después, en 2017, inició una relación con el productor Dimitri Rassam, con quien dio la bienvenida a su segundo hijo, Balthazar Rassam, en 2018. En el año 2024 se divorció y recientemente se ha oficializado su relación de dos años aproximadamente con Nicolas Mathieu, escritor y ganador del Premio Goncourt en 2018.
Créditos: Por: Sara Kafrouni
Fotografía: Cortesía
